LA PLAYA
Nostalgias de la infancia
Recordar es volver a vivir
Lima es la única ciudad capital de América que se encuentra al borde del océano, vale decir, la única capital que tiene playa. El verano siempre significará entonces playa y mar. Eso lo tuve claro desde muy niño.
El recuerdo más lejano que tengo yo de la playa data de aproximadamente 1973, y veo claramente la Bajada de Armendariz, con mi papá llevándonos en su inolvidable automóvil Vauxhall Victor plomo 1962 con destino a " Barranquito", escuchando "Va cayendo una lágrima" de Los Iracundos, me imagino en una radio portátil que teníamos con un protector de cuero, ya que mi Vauxhall no tenía radio.
Bajando por esa quebrada, mientras nos acercábamos al mar que se habría ante nosotros con su inmensidad, era impresionante ver la grandeza del Océano Pacífico, magistral e imponente. Recuerdo haberme cambiado incluso mi ropa de baño en algunas carpas tipo árabe, pequeñas, a listones azules o rojos, y ver incluso, algunas pequeñas lagunas con plantas acuáticos, que, ahora entiendo, era totora silvestre, supongo yo entonces, que eso era Agua Dulce, proveniente de las aguas subterráneas de la ciudad y que da el nombre a la playa.
Haciendo huecos profundos en la arena, según yo, era un castillo como los que leía en mis revistas de Patolandia de Disney, en donde era lo máximo ver como el agua entraba en aquellos túneles trasandinos, que -según yo- había construido como una Mega Obra.
Entraba al mar de la mano de mi querido hermano Abraham A. Alvarado Hinojosa, según yo, muy seguro y protegido, aunque al final, luego de saltar algunas olas, terminábamos ambos en la orilla, revolcados por ellas. Eso debe de haber ocurrido en La Herradura, a la cual también visitábamos.
Todo el día marino se magnificaba con una porción de "Snow Cones", que era Raspadilla que vendían algún ambulante en el borde de la playa. Y más aún, si mi papá al final de la tarde estival, compraba un litro de helado Pezzi Duri de D’Onofrio para llevar a casa.
Tiempo después, empezó mi aventura en las playas del sur, y ahí Mamá Emma tuvo un protagonismo especial. En un día de playa, ella se levantaba muy temprano y preparaba una Tarta de Pollo y Salchichas, potaje delicioso e incomparable, que por suerte mi esposa lo prepara igualito y hasta mejor diría yo.
Nos íbamos con mi mamá Emma y mi hermana Mimi Myriam Alvarado, muy temprano al Convento de Santa Catalina, a tomar los Ómnibus que iban al balneario de San Bartolo, a 51 kilómetros al sur de Lima, enrumbándonos para esa playa familiar, a pasar un día hermoso y tranquilo en aquel lugar que marcó mi vida, a tal punto que ahora casi vivo ahí. Eran tan esperados esos veranos llenos de calor, del “Fenómeno del niño”, carnavales, coronados con los inacabables días de Playa en el balneario del sur: San Bartolo.
Los siguientes veranos fueron muy especiales, Abraham A. Alvarado Hinojosa ya manejaba, y mi papá ya había comprado nuestro Toyota Corona plomo del 79, entonces íbamos con él, también Mimi, recogiendo a los Celi, Katia y Pancho, con colchones inflables y llegando ahora a la apacible playa Embajadores en Santa María, en donde pasamos varios veranos más.
Mi relación con el mar siempre fue amigable y agradable y espero pasar muchos años más junto a él con la familiar, en la bella y segura San Bartolo, que ahora me cobija permanentemente.
Lima, 27 de febrero del 2025